domingo, 28 de diciembre de 2025


*****HECHOS HISTÓRICOS DE MI TIERRA*****
RECORDAR ES VOLVER A VIVIR
Los Chanchitos de mi Pueblo…

En Marca-Recuay-Ancash cada uno tiene su propia historia, existen historias de lo más variado en nuestra bella y sesquicentenaria ciudad de Marca, cada vez que regreso a ella me vienen gratos recuerdos de mi niñez al ver los chanchitos callejeros; existen hermosos lugares que permanecen como si se hubiera detenido el tiempo, y a medida que pasa los años se hacen más imperecederos, el recordar nuestros pasos idos es navegar profundamente en nuestras memorias, en el tiempo y el espacio; escapar al pasado es refugiarse en nuestras remembranzas con la esperanza de sentirnos mejor, y percibir momentos seleccionados y gratos que son muy significativos para cada ser humano. Uno de los mejores recuerdos que me viene a la memoria ahora que he regresado a mi tierra después de más de tres años, es ver los chanchitos de mi tierra por calles, plazas, chacras y carreteras -ahora hay pocos- anteriormente había más chanchos en Marca, al verlos me vienen a la memoria los recuerdos de Cochacar donde de niño pastaba mis puercos.
En Marca, es común ver a los chanchitos deambular o dormir por el campo, calles, plazas o carreteras, me vienen a la memoria mis tiempos de niño y de gozo a plenitud cuando pastaba mis marranos en los mejores pastizales del campo, ¡oh belleza mía! pero, ¡cuán presto se va el placer! ¡como después de vivido da dolor!, es como si fuera ayer, sin embargo debo confesar que a pesar de mis años idos, me traen hermosos recuerdos principalmente cuando realizábamos el matarife de chanchos en casa de mis padres; mis cebones preferidos eran sacrificados después de meses de engorde y trabajo en el campo, en sus comederos y baños diarios que le daba; el puerco es un animal muy preciado en la familia, no solo por ser un animal doméstico, sino por sus ricos chicharrones, sus jamones, rellenos y morcillas, cuantos recuerdos y memorias inacabadas en el tiempo se agolpan en mi mente y quiero evocarlos con infinita solemnidad.
Cuando niño, en la unidad familiar era el encargado de su cuidado por ser el hijo menor, no por ello con menos responsabilidades. El chancho es un prevalente animal doméstico, el cual hay que criar y cuidar con especial devoción, su cuidado y su alimentación era mi responsabilidad y gran preocupación; el puerco es herbívoro y ferozmente dañino, puede devorar cualquier objeto comestible a su alcance. Para su encebado se escogía al mejor de los chanchos, una vez “Capado” al gorrino para su engorde se le alimenta con sobras de la comida diaria, se les ayuda con alfalfas y toda clase de pastos de temporada que acopiábamos diariamente; había que tener especial cuidado de las sementeras de los vecinos, así como de las propias, porque los porkys son dañinos de incontrolada voracidad, en oportunidades mis padres tenían ciertas quejas de los dueños de las chacras vecinas:
- Don Brindis…tus chanchos han hecho daño en mi chacra – Era la queja del vecino en Cochacar.
- No te preocupes don Dalmiro – Decía mi padre.
- Calcula el daño – era papa – para darte en maíz.
Y así procedían con el justiprecio del daño, como buenos vecinos.
Durante la crianza no existía distingo de razas, todos parecían iguales, tenían hocicos largos, ojos chinos y orejas puntiagudas, los de color negro eran los que predominaban, aunque en cada piara existían pintos o “murus”, rojizos, blancos, cenizos y castaños, en su mayoría eran chuscos. Un solo verraco era el padrillo, el resto de los marranos machos tenían que ser castrados, cada año uno o dos eran seleccionados para el engorde, el Cuchi de mayor tamaño era el escogido para el engorde mientras que había otro gorrino más pequeño que en corral aparte comenzaba con su engorde, por ello cuando se sacrificaba al cebón engordado en el “Cuchi Pishtag”, quedaba otro de menor tamaño que ya estaba en etapa de engorde.
Los chicharrones y la manteca de uso obligado en casa de los pobladores de aquellos tiempos era el fin supremo del encebado de chanchos, además del porky no se pierde nada, las cerdas son usadas como cepillos y escobillas, los excrementos como abono, los intestinos para los rellenos blancos y negros, el cuero para el aderezo de las sopas y menestras, orejas y rabos para los cuidadores al momento del “Qashpado”; mi padre cortaba estos aditamentos -principalmente las orejitas y el rabito- y me daba el que comía con gran agrado con cancha caliente, los perniles y brazos para el jamón, el tocino de la cara, el karán y hocico para la fritanga o aderezos, la manteca que era de uso obligado por mi madre en las comidas porque en esos tiempos no se consumía ni se tenía noticias del aceite vegetal, los cuales eran almacenadas en botijas y latas con gran cuidado para el consumo de todo el año.
El afán de la familia era ponerlo a punto al excepcional paquidermo doméstico para beneficiarse en toda su magnitud, en consecuencia, la comida para el puerco no debía faltar por ningún motivo, ese era mi responsabilidad, una vez comenzado el proceso el animal tenía que comer tres veces al día en su batea ò comederos especialmente preparados. Si un día dejara de comer la misma porción de cada día perdía en volumen de grasa acumulada hasta el momento. Cuando el cochino está bien engordado se le proporciona cebada molida mezclada con agua hasta el fin de sus días, muchas veces el animal no podía levantarse por la gordura que tenía.
Si el engorde había sido en Cochacar, días antes del matarife teníamos una caminata por la carretera hasta la ciudad, la caminata era todo un día con mi cebón engordado desde Rosaspampa, lugar hasta donde mi padre me ayudaba a subir desde Cochacar, caminábamos con más paradas que caminatas por la gordura del animal, a la altura Rárapi había agua y barro de filtraciones desde Kakahuás, el animal se tiraba de bruces al lodo y no se levantaba en horas por la frescura que sentía, yo, sentado al lado de mi Cuchy preferido en plena carretera, después de dos horas de descanso en el barro, el animal se apiadaba de mí se levantaba y continuábamos hasta la ciudad.
Y el premio mayor para los cuidadores del chancho cebado venía con los encuentros de fútbol que sosteníamos entre amigos con la vejiga del chancho, con el "Púcapash", en la cancha que quedaba al costado de la Iglesia Matriz, ahí estaban Pollencho, El Chino, Lapaco, Benigno, Mondongo, Simeón, Emo, entre otros, eran encuentros épicos y electrizantes entre “Banda - Banda” ¡Hasta reventar el Púcapash! ¡Que encuentros! sin zapatos ni chimpunes, “Kalachaqui nomás”, eran encuentros en campo de tierra y cascajo que sacaban chispas, a veces piques del dedo gordo del pie, ¡Hasta sangrar! ¡Fútbol macho! decíamos…
“Recordar es volver a vivir…”
Autor: José Santos Gamarra Soto

No hay comentarios:

Publicar un comentario